Opinión – Bicicletas en los puertos
Hace treinta años visité Holanda. Quedé maravillada por el carril bici de sus ciudades y del buen funcionamiento de sus trenes de cercanías.
Los trenes me parecieron modernos, rápidos, frecuentes y puntuales. En cuanto al carril bici, era como un recorrido paralelo al de la calzada, con suficiente anchura, líneas de separación entre carriles y semaforización propia. Todo un invento que siempre he defendido como un reto para nuestras ciudades españolas siempre y cuando no terminen siendo (como de hecho está pasando en muchos lugares) el fruto de una ejecución chapucera que ponga en continuo peligro a ciclistas, peatones y conductores.
Que se lo pregunten si no a los cartageneros que circulan por la calle Juan Fernández de la ciudad departamental o a los peatones que sorteamos patines y bicicletas por la acera que rodea el centro comercial de Porto Pi en Palma de Mallorca.
Si de la ciudad nos vamos al monte, ni qué decir tiene la cara de susto que llevo cuando, yendo a la Batería de Castillitos desde mi ciudad natal, a Hoyo de Manzanares desde Madrid o por la Sierra de Tramontana en Mallorca, me cruzo con cientos de ciclistas que circulan por carreteras sin arcén y, con tal cantidad de curvas, que hacen de una excursión idílica un verdadero infierno ante la falta de visibilidad o el atrevimiento de grupos de pedaleadores que, en lugar de ir en fila, van ocupando todo un carril.
Esto nos pasó hace un par de semanas de camino a Fornalutx y hace unos meses cuando recorrimos la ruta que hay entre la capital balear y el pequeño pueblo de Galilea. Pero lo peor de todo esto es que no se trata de un fenómeno aislado sino de algo cada vez más frecuente y peligroso que se da en carreteras comarcales de esta isla y de muchas localidades de España.
Lo que pretendo escribiendo acerca de esta cuestión no es criticar a unos u otros sino plantear la necesidad de pistas adecuadas para ciclistas de manera que se garantice la seguridad de peatones, bicicletas y vehículos.
El reto puede ser extraordinario siempre que las instituciones y administraciones se pongan de acuerdo para llevarlo a cabo con conciencia, sin prisas, sin pausas y con el convencimiento de que la naturaleza lo agradecería ( porque se promovería el uso de un medio no contaminante) y los ciudadanos también, pues se dejaría de poner en peligro la integridad física, e incluso las vidas, de quienes, en carreteras construidas para vehículos de motor, se emperran en ir a pedales con todos los riesgos que ello supone.
Seamos, pues, sensatos antes de desplazarnos por estas carreteras sinuosas y empinadas que discurren entre hermosas tonalidades de verdes, azules y cálidos color tierra, pues el maridaje entre bicicletas y vehículos motorizados no siempre resulta seguro y termina siendo un incómodo e indeseable trance.
Sonia Mª Saavedra de Santiago. Abogada y escritora














































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































