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Cartagena no se arrodilla

Hoy no vengo a escribir sobre datos ni cifras. Hoy vengo a hablar sobre sentimiento.

Porque hay cosas que no pueden medirse en estadísticas. Hay agravios que no aparecen en los balances. Hay pueblos que no se explican con números, sino con memoria.

Y Cartagena es uno de ellos. Porque Cartagena no se entiende con números. Cartagena se siente.

Yo aprendí ese sentimiento en casa. Lo aprendí escuchando hablar de los Siete Claveles Cantonales (Parte de mi familia). Lo aprendí escuchando la historia de aquellos hombres que defendieron el Castillo de los Moros cuando todo parecía perdido. Lo aprendí entendiendo que el amor a una tierra no consiste en llevar una bandera un día al año, sino en defenderla cuando nadie más lo hace.

Ellos me enseñaron que Cartagena no es una ciudad cualquiera. Y tenían razón.

Porque Cartagena no nació para ser una escisión de Murcia. No nació para ser una ciudad secundaria.

No nació para ser la marioneta de ningún proyecto político que venga de Madrid o que venga de la mal llamada “Capital”.

Cartagena fue grande antes de que existieran las autonomías. Antes de que existieran las provincias. Antes incluso de que existiera España tal y como hoy la conocemos.

Aquí se escribió historia cuando otros lugares apenas comenzaban a existir. Y sin embargo, tres mil años después, seguimos teniendo que recordar quiénes somos.

Seguimos teniendo que explicar por qué Cartagena merece más. Seguimos teniendo que justificar lo evidente. Eso es lo que más duele.

Falta de inversiones. Agravios. Incumplimientos. Múltiples intentos de borrar nuestra identidad. Pero, lo que más duele es la costumbre.

La costumbre de que Cartagena siempre espere.

La costumbre de que Cartagena siempre tenga que conformarse.

La costumbre de que todo se decida lejos de aquí.

Y por eso, cuando llegue el 9 de junio, Día de la Región de Murcia, yo no tendré nada que celebrar.

Porque celebrar significa sentirse representado. Y los cartageneros hace tiempo que dejamos de sentirnos representados.

Cuando llegue ese día recordaré que una ciudad como Cartagena sigue sin tener las infraestructuras que merece. Por no tener, no tenemos ni tren en pleno siglo XXI.

Recordaré que durante décadas se ha alimentado un modelo profundamente centralista que concentra poder, inversiones e instituciones mientras Cartagena continúa esperando.

Recordaré que seguimos viendo cómo nuestra importancia histórica, económica y estratégica queda anulada en favor de la “Capital”.

Y recordaré algo aún más importante.

Recordaré que los cartageneros nunca hemos sido un pueblo sumiso.

Nunca.

No lo fueron los que resistieron asedios. No lo fueron los cantonales. No lo fueron nuestros abuelos.

Y no debemos serlo nosotros.

Porque ser cartagenero no consiste en pedir permiso para existir.

Ser cartagenero consiste en caminar con la cabeza alta.

Consiste en saber de dónde vienes.

Consiste en negarte a aceptar que tu ciudad sea olvidada.

Consiste en amar tanto esta tierra que el silencio te resulte insoportable.

Por eso me niego a creer que nuestro destino sea resignarnos.

Me niego a aceptar que una ciudad trimilenaria tenga que conformarse con las migajas de nadie.

Me niego a aceptar que nos digan que debemos estar agradecidos mientras seguimos esperando lo que nos corresponde.

Y me niego a olvidar quiénes somos.

Porque Cartagena ha sobrevivido a imperios.

Ha sobrevivido a guerras.

Ha sobrevivido a bloqueos, bombardeos y abandonos.

Y sobrevivirá también a quienes hoy la ignoran.

Lo único que Cartagena necesita es que sus hijos vuelvan a creer en ella.

Que vuelvan a defenderla.

Que vuelvan a sentir orgullo de pronunciar su nombre.

Porque el día que un cartagenero olvida lo que significa Cartagena, perdemos todos.

Pero mientras quede uno solo dispuesto a alzar la voz, mientras quede uno solo dispuesto a defender su historia, mientras quede uno solo dispuesto a recordar de dónde viene, seguirá viva esa llama que ha atravesado tres mil años.

La llama de una ciudad que nunca se rindió.

La llama de una ciudad que nunca se arrodilló.

La llama eterna de nuestra ciudad, la llama eterna de Cartagena.

Cartageneros, ha llegado el momento. La historia os llama.

Por Daniel Collado

Cartagena no se arrodilla

Cartagena no se arrodilla