Es sabido, además, que en esta época del año —como comentaba al inicio— uno tiende a esconder que no ha tenido que hacer maletas, ni un largo viaje en coche con hermanos, ni mucho menos sufrir la caravana de coches que hay siempre al entrar o salir de La Manga en los días de verano.
Tampoco debemos elegir entre un vestido o una falda para llevarnos porque lo tenemos ya todo en el armario desde hace más de un mes. No nos desplazamos, no tenemos casa de playa. Solo la nuestra.
Esa que se ve invadida por madrileños, murcianos y varios andaluces durante los tres meses de verano. Gentes que vienen con prisas, como si el mar fuera a desaparecer a menos que estén con las sillas y la sombrilla colocadas en primera línea de playa desde las ocho y media de la mañana.
Nosotros vemos nacer los seis metros de playa, vemos cómo mueren cuando llega de nuevo septiembre. Quizá esto nos hace más de aquí que nada: la indiferencia ante la subida del mar, ante un día más o un día menos de levante.
Nos une que son tan nuestros los baños en las calas de Cabo de Palos, la arena dorada, los atardeceres de cielo rojo, la brisa de la noche y las estrellas sobre el faro, que nos olvidamos de que son un privilegio.
Nadie que viva por esta zona concibe despertarse y ver un muro de ladrillo tras su ventana. Vemos mar. Cielo. Horizonte. Creo que se nos ha olvidado que no todos nacieron con el mar en las entrañas. Uno no se sorprende de lo propio, ¿verdad? ¡Pero qué cosa más triste!
Nosotros, que no escuchamos carretera, somos mar. Mirémoslo a partir de ahora como niños, como madrileños con prisas, pero con orgullo, como castellanos viejos que nunca conocieron la mar.
El mar. La mar. El mar. ¿Qué sería de nosotros sin él?
¿Qué significa ser manguero? Una reflexión desde La Manga del Mar Menor

