En mi opinión, no deberíamos dejar que nuestro miedo a ser de un sitio pequeño, a ser de donde los demás veranean, a tener hogar y no casa de playa nos lleve irremediablemente a no ser nada. Nada más que un verano unos meses al año. La Manga del Mar Menor debería ser mucho más, mucho más que una estación, que una zona de paso incluso para los que somos de aquí. Quiero sentirme orgullosa de mi gentilicio y no esconderlo cuando alguien pregunta con toda la buena fe del mundo: ¿Dónde vives? ¿De dónde eres?
Siempre he querido responder a esas preguntas con firmeza. Ya sabéis, sin que te tiemblen hasta los dientes y ya te hayas imaginado la mueca de extrañeza que aparecerá en su rostro. Quiero la normalidad que uno tiempo cuando dice que es de Cartagena, San Javier o de Murcia. Nadie les pregunta sorprendidos si es agradable vivir allí, mucho menos les afirman la soledad del invierno o les recuerdan la playa vacía. Nadie conoce esa soledad mejor que nosotros, que los mangueros.
Así que voy a decir esto sin miedo a esa mueca en los rostros: Soy de la Manga del Mar Menor.
Soy manguera.
Y sí, vivo aquí todo el año.
Defiendo que terminemos por fin con esa vergüenza, con ese miedo. Que sepamos que ser manguero, que ser de la Manga del Mar Menor es saber afrontar los cambios, ser un privilegiado con dos costas, es tener todo un levante y un lebeche dentro de nosotros.

