Septiembre es, sin duda, una época extraña del año. Puedo decirlo ahora, que ya se ha pasado.
Para algunas personas es guardar de nuevo las sillas de playa, un largo viaje en coche y tener que coger la costumbre de madrugar. Recuerdo los últimos años y en mi experiencia, siempre ha sido extraño volver a la rutina. Pues uno debe acostumbrarse a los horarios, los sitios y las caras que vimos por última vez siendo alguien más. Quienes fuimos en junio jamás llega vivo a septiembre. No solo debe acostumbrarse de nuevo, sino hacerlos suyos. Los horarios. Los sitios. Las caras. Se necesita un tiempo de transición -quizá, eso es septiembre- hasta que todo parezca natural otra vez. La caída de las hojas, las lluvias torrenciales, la llegada del frío. Todo nos enseña a volvernos quienes somos ahora.
Sin embargo, para otros muchos, septiembre significa empezar de nuevo.
Y por tanto, aprender a ser alguien que ni siquiera durante septiembre, eres. Debo admitir que pertenezco a este segundo grupo. Pues ha llegado la universidad como llega el frío a finales de agosto. Apenas me he dado cuenta de que debo empezar a ser ese alguien que vaya por unos pasillos diferentes, que salude nuevos rostros, que eche de menos los antiguos. Esos y todos esos de los que ya me he despedido. Los echo de menos.
Pero debo aceptar que quien era aquel treinta de agosto ya no está.
Quizá sigue en mi memoria, en lo que dolió ese día. Pero quien escribe esto es alguien diferente. Aterroriza todo lo que podemos cambiar los seres humanos en un par de semanas.
Para quienes ya están en primaria o en el instituto no hay nada que consiga quitar el pensamiento de que agosto debería durar un poco más. Ocurre lo mismo para todo aquel que vuelva a donde estaba. Porque, aunque algo cambie, lo esencial sigue siendo como el último septiembre. Los pasillos siguen estando ahí, vuelven a llenarse y ya han escuchado nuestras conversaciones, nuestras risas, nuestras discusiones.
Sin embargo, este septiembre he entrado a un pasillo que no conoce mi voz.
¿Acaso no aterroriza? Quizá un poco. Quizá más de lo que soy consciente. Pero, por otro lado, si volviera a pasar por los pasillos de siempre, tampoco reconocerían mi voz. He cambiado. Es parte irremediable de la vida: el cambio. Ya no soy quien era en junio, ni la versión entristecida de julio ni la extraña del espejo de agosto.
Quizá por eso mismo no tengo tanto miedo de septiembre y sus cambios.
Porque ya he cambiado.
Y apenas me he dado cuenta. Entonces, me pregunto ¿cómo te vuelves una versión tan distinta de ti y en cierto modo, tan maravillosa, en menos tiempo de lo que tarda en marcharse el verano y despertar el otoño? No lo sé. Quizá eso es lo bonito del cambio, que llega sin que nos demos cuenta y nos transforma. Cambia el aire que pasa por nuestros pulmones y nuestro pelo, nos enseña a sentir la brisa sobre la piel antes que a pensar en el frío.

