Es por esta misma razón que deberíamos enorgullecernos de ser mangueros, pues solo nosotros caminamos entre dos mares que se enlazan en las golas y saben permanecer tan diferentes. Nuestro Mar Menor es salado, de aguas templadas y suelo bañado en caracolas y conchas. Nos pincha la piel a veces, pero también nos enseña a flotar.
El Mar Mayor es el choque de la piel caliente por el sol contra agua fría a mediados de julio, es la espera para meterse por encima de la cadera, es una balsa de aceite. Pero al igual que quien es de aquí -o ya se ha familiarizado lo suficiente con nuestras costas que se le puede considerar de aquí- ambos tienen su carácter. ¿Quién no ha visto por la ventana las olas cortar el cielo? ¿O el sereno Mar Menor volverse aguas difíciles contra las que nadar?
Los autóctonos del Mar Menor también tenemos nuestro levante y nuestro lebeche. Nos volvemos al final y de una manera casi inevitable parte del paisaje. Cambiamos con la marea de las costas. Nos entristece el levante a mediados de julio o ver cómo la playa es comida por el mar en septiembre. Nos enrabia el suelo fangoso, el olor a cerrado que a veces puede tener. Son pequeños detalles que en muchas ocasiones solo contemplamos nosotros.
A veces creo que solo seguimos aquí -y de vez en cuando, nos anuncian que la población incluso ha crecido- para poder decir que tenemos dos mares vivos, cambiantes y que nos moldean, como sus olas moldean sus orillas.

