Opinión

El respeto como herencia y como deber

Una sociedad se define tanto por lo que crea como por lo que es capaz de conservar. El respeto a la naturaleza y al patrimonio histórico, tanto material como inmaterial, no es una cuestión secundaria ni un lujo reservado a tiempos de bonanza; es una obligación moral con quienes nos precedieron y con quienes vendrán después.

Eso lo he tenido siempre claro, hasta el punto de que muchos de mis escritos y de mis libros versan sobre esta idea. Es más, hace poco más de un año realicé un curso de Introducción a la Historia del Arte impartido por la doctora Judit Vega y hallé en esta magnífica profesora de la UNED una candidata perfecta para acompañarme, si ella quiere, en esta lucha que, por desgracia, resulta tantas veces verdaderamente titánica.

Debemos respetar, mantener y conservar los paisajes que nos rodean, las construcciones que han resistido el paso de los siglos, las manufacturas que fueron fruto del ingenio y del esfuerzo de generaciones enteras, las tradiciones, las lenguas vernáculas, los dichos populares, las anécdotas transmitidas de padres a hijos, las costumbres y los conocimientos que forman parte de nuestra memoria colectiva. Todo ello constituye un legado de un valor incalculable y es responsabilidad de todos conservarlo.

Gobernar no consiste únicamente en gestionar presupuestos o inaugurar proyectos; también implica preservar aquello que nos identifica como pueblo.

Sin embargo, con demasiada frecuencia observamos desidia, falta de sensibilidad y escaso acierto en muchas decisiones políticas. A ello se suma, no pocas veces, un comportamiento incívico de numerosos ciudadanos, que parecen olvidar que el espacio público pertenece a todos y que degradarlo supone empobrecer nuestro patrimonio común.

No hace falta buscar ejemplos lejanos. Basta regresar a mi tierra para comprobarlo. Ahí está la Torre del Negro, cerca de Los Alcázares, necesitada de una atención que nunca acaba de llegar. Ahí permanece el Monasterio de San Ginés, cuyo estado invita más a la preocupación que al orgullo. Ahí continúa el Mar Menor, cuya recuperación avanza con una lentitud desesperante después de años de abandono y errores. Y ahí están algunas de sus playas, como la del balneario natural de Los Nietos, que deberían ser motivo de disfrute y no de decepción. O la playa de Cala Cortina, en Cartagena, donde esta mañana, a causa de un zurullo canino flotante, no he podido bañarme.

Políticos, ciudadanos, paseantes y vecinos, recuerden y retengan esta idea: por encima de cualquier diferencia política, por encima de su conocimiento real o aproximado de la historia y más allá de cualquier necesidad perentoria, nuestro patrimonio global no pertenece a un gobierno ni a una generación; pertenece a todos y todos tenemos la responsabilidad de cuidarlo.

Por Sonia Saavedra

Redacción DLM

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