Cada verano ocurre lo mismo. Da igual que pasen los años, cuando llega julio y agosto, La Manga vuelve a convertirse en un inmenso aparcamiento improvisado.
Miles de turistas, residentes, propietarios de segundas viviendas y visitantes de un solo día desembarcan en apenas unos kilómetros de terreno donde el espacio es el que es. Y cuando las plazas desaparecen, comienza el «todo vale».
Coches sobre las aceras. Vehículos ocupando pasos de peatones. Entradas de garajes completamente bloqueadas. Automóviles invadiendo carriles bici. Esquinas donde la visibilidad desaparece. Cruces convertidos en una trampa. Personas con carritos de bebé o movilidad reducida obligadas a caminar por la calzada porque la acera está ocupada por un coche que decidió que cinco minutos no hacían daño a nadie.
Y, como si todavía hubiera margen para sorprenderse, este fin de semana las imágenes de un vehículo dentro de la playa de Las Amoladeras han dado una nueva dimensión al problema. Porque una cosa es aparcar mal y otra muy distinta es acabar conduciendo hasta la propia arena.
La pregunta ya no es quién aparca mal. La pregunta es dónde no se puede aparcar. Porque la sensación que transmite La Manga durante los días de máxima afluencia es que cualquier hueco sirve. Si cabe un coche, allí termina. Aunque sea una acera. Aunque sea un acceso de emergencia. Aunque sea un carril bici. Aunque sea delante del garaje de lso vecinos.
Es cierto que existe un problema estructural. La Manga fue diseñada hace décadas para una realidad muy distinta de la actual. Cada verano soporta una presión de tráfico enorme, con una única vía principal y una demanda de estacionamiento que supera con creces la oferta disponible. Nadie puede negar esa evidencia. Empresarios y vecinos llevan años reclamando soluciones de movilidad, aparcamientos disuasorios, transporte público más eficiente o nuevas fórmulas de regulación.
Pero una cosa es que falten aparcamientos y otra convertir el espacio público en una ley de la selva.
Porque el problema no es solo la escasez de plazas. También es la falta de civismo de una minoría que decide que su comodidad está por encima del derecho de los demás a caminar, circular o simplemente salir del garaje de su casa.
La imagen que proyecta un destino turístico también se construye desde estos pequeños detalles. Un visitante puede aceptar un atasco. Puede entender que tenga que dar varias vueltas para encontrar sitio. Lo que cuesta comprender es que aparcar sobre una acera parezca algo normal o que un vehículo termine dentro de un entorno natural porque alguien pensó que estaba demasiado lejos dejar el coche correctamente estacionado.
La Manga merece mucho más que resignarse cada verano al «aparca como puedas». Porque cuando una infracción deja de sorprender y empieza a formar parte del paisaje, el problema ya no es únicamente de quien incumple las normas. También es de quienes han acabado aceptando que esto simplemente es así.
