Supongo que ser de La Manga del Mar Menor también supone sufrir sus distancias. Parece que está lejos de todos lados, que las carreteras se alargan hasta llegar a ninguna parte y cuando, por fin crees que estás más cerca, hay una nueva curva que solo augura más carretera. Ser de aquí, es ser de la periferia. Nunca del centro. Por eso muchos solo somos adolescentes perdidos entre el trayecto de La Manga hasta la ciudad de la que intentamos robar el gentilicio: en ese trayecto se han perdido horas de sueño, esperanza y quizá, grandes amores.Quizá no sería sumamente complicado amar a alguien si no existiera el temor a una larga carretera de entre medias. Todos nos enfrentamos a ella. Algunos estamos deseando dejarla por fin atrás, aunque a la misma vez da miedo marcharse sin haberse sentido de aquí. Sin tener tu nombre claro, sin saber de dónde eres. A lo mejor vivir en La Manga – solo se trata de eso, de saber superar las distancias que nos alejan incluso del vecino más cercano.
Los mangueros nunca hemos tenido más que una carretera -la Gran Vía- así que no nos enfurece el tráfico en octubre, el sonido del claxon en diciembre o un portazo de un vecino en febrero. Ya que parece que somos solo playa, aunque también somos pueblo. También hay vecinos, pero están dispersos y muchas veces uno acostumbra a salir del ascensor sin mirar. Claro, cuando llega verano, te has chocado varias veces con un vecino que acaba de venir y que no te suena de nada. Coincidiréis los tres meses de verano y en septiembre no lo volverás a ver. Para que, al siguiente año, ocurra lo mismo con una cara nueva. Nuestras urbanizaciones a veces parecen hoteles. No porque nos traigan las toallas a la puerta, sino porque las personas dejan sus maletas, disfrutan de su estancia -que siempre será más corta que la tuya- y después se van. Las personas vienen y van ¿no?
¿Pero qué ocurre con aquellos que las observamos venir e irse? A veces desde lo alto de nuestra ventana. Los vemos llegar cargados de maletas, niños y sillas de playa. Se van de la misma forma, pero con pieles más morenas, amores de verano y añorando tener toda la ropa en el armario.
Se van a casa. Nosotros no tenemos otra casa.
Esta es nuestra casa.
Y nos han enseñado, casi sin querer, a huir de ella. A no ser mangueros, a no ser nada. Pero yo os pregunto: ¿Acaso alguien podría no ser nada?

